Comenzaré mi exposición sobre lo que he denominado “la ciudad azul” con unos pocos datos de referencia, de sobra conocidos, pero que permitirán acotar el contexto de esta idea de ciudad. La franja tropical/subtropical ha experimentado profundas mutaciones en los últimos treinta años, tanto demográficas como económicas. A principios de siglo ni una sola de las diez ciudades más habitadas del planeta estaba en el trópico (Tokio, entonces la séptima ciudad, con millón y medio de habitantes, sería la excepción si hablásemos también de la región subtropical). Hoy si buscamos las diez ciudades más populosas del planeta tan solo encontraremos Moscú fuera del cinturón tropical (si nos extendemos a las veinte mayores ciudades) encontramos también, en los puestos dieciséis y dieciocho Nueva York y Londres.

 

Si en vez de ciudades buscásemos áreas metropolitanas los resultados variarían poco; solo quedaría incluida el área de New York-New Jersey entre las diez primeras). Pero, además, ha aumentado en paralelo la población urbana; hoy el ochenta por ciento de la población mundial vive ya en ciudades. Se da también la coincidencia de que basta observar el mapa de las grandes metrópolis, especialmente en la franja tropical/subtropical, para darse cuenta de que una mayoría prácticamente absoluta de ellas está ubicada frente al mar; que las ciudades tropicales/subtropicales con éxito son siempre ciudades costeras. En España la población que ocupaba la franja costera ha pasado en el siglo XX de representar menos del diez por ciento de la población a contar con el veinticinco por ciento del total. Varios factores han influido en este transvase de población hacia el trópico y hacia el mar; la deslocalización de empresas debida a la economía global, el turismo, los movimientos migratorios unidos al propio crecimiento demográfico.

 

Es conocido que en el régimen de acumulación flexible —tal y como David Harvey denomina al capitalismo contemporáneo frente al modelo de acumulación fordista— la relación entre materia prima y producción ha perdido cohesión tanto por la aparición de nuevas formas de generación de riqueza ajenas a la manufactura como porque, aún en los sectores productivos industriales tradicionales, mejores condiciones de contratación de mano de obra hacen hoy rentable el desplazamiento de las materias primas. Es conocido también el vertiginoso incremento de peso del sector servicios en la economía actual propiciado por la revolución digital y telemática que ha alterado las concepciones tradicionales espacio/temporales.

 

La relación entre un régimen de producción de capital que no exige apenas materias primas —el sector servicios—, o bien que permite trasladar a éstas en busca de mano de obra barata, un desplazamiento de la población mundial hacia áreas del globo caracterizadas por el “buen tiempo” y la contigüidad con la línea costera (el cinturón tropical/subtropical) es un fenómeno estrictamente contemporáneo

La relación entre un régimen de producción de capital que no demanda ni proximidad ni en muchos casos existencia de materias primas —como el sector servicios— y un desplazamiento y crecimiento de la población hacia áreas del globo caracterizadas por el “buen tiempo” y la contigüidad con la línea costera se aparece así como una consecuencia de dos movimientos, uno estrictamente económico, la búsqueda de mano de obra barata y nuevos hipotéticos mercados, otro estrictamente ligado a las voluntades individuales que desde la democratización del ocio en la posguerra de los años cincuenta no han dejado de sentirse hechizadas por la vida placentera a la que se asocian estos lugares (una asociación en la que seguramente los propios industriales del sector turístico y sus estrategias mercadotécnicas han tenido mucho que ver). El azul del cielo y el azul del mar como grandes atractivos, económicos y poblacionales, es el resultado, y este es un fenómeno estrictamente contemporáneo, ni siquiera moderno.De hecho, da lugar a una modelo de implantación del hombre en el planeta que es casi una inversión literal del modelo de la modernidad. Ésta es la ciudad azul.

 

El azul del cielo y el azul del mar como grandes atractivos, económicos y poblacionales, es el resultado. Y, de hecho, da lugar a un modelo de implantación del hombre en el planeta que es casi una inversión literal del modelo de la modernidad. Ésta es la ciudad azul. Consolidar su atractivo para garantizar el futuro obliga a equilibrar población y recursos, preservar aire, agua y verde

El turismo es obviamente una de las industrias hoy más importantes, moviendo al año a más de setecientos millones de personas con recursos económicos. Su evolución es interesante porque si por una parte es una industria —a pesar de las continuas crisis que se anuncian en los medios— que nunca ha dejado de crecer (y esto es ya un hecho bien singular), la forma en la que el mercado turístico ha ido evolucionando señala un claro desplazamiento de atracción desde los polos tradicionales a la franja tropical/subtropical. La atracción de una vegetación exuberante y muchas veces exótica, así como las condiciones climáticas y el mar suponen tres elementos decisivos en la evolución de una industria que si aún hoy está capitalizada por algunas ciudades como París y Nueva York, no sólo se desplaza cada vez de forma más intensa hacia la franja tropical y subtropical sino que retiene en ella a una parte sustancial de la masa turística, a menudo tras la jubilación de los profesionales.

 

Así, si los diez primeros países turísticos acaparaban en los años cincuenta el ochenta y ocho por ciento de los turistas hoy apenas se reparten el cuarenta y nueve por ciento. Si comprobamos también el auge del turismo hacia los continentes antes olvidados y vemos las gráficas prospectivas que aumentan la tendencia, completaremos el cuadro a grandes rasgos que se perfila para las primeras décadas del siglo XXI. Habría que hacer algunos matices: en realidad el régimen de acumulación flexible aprovecha atractivo y precios bajos y estos últimos desaparecen según crece la riqueza de la población. A pesar de los cambios experimentados, aún hoy los tres destinos turísticos principales son Francia, Estados Unidos y España. El modelo de turismo de playa están según todos los expertos, agotado o a punto de agotarse. La franja tropical, hoy superpoblada, es la zona más expuesta del mundo a acciones naturales indeseables cuya prevención es urgente y costosa.

 

El ecoturismo, mencionado reiteradamente como una alternativa, aún hoy tiene una incidencia baja. Consolidar su atractivo para garantizar el futuro obliga a proyectar ese futuro políticamente de forma seria, equilibrar población y recursos, preservar aire, agua y verde. Las cosas no están resueltas ni hay panaceas, pero sí un cuadro fluido que muestra su orientación prospectiva y nos explica quiénes somos a través de cómo nos localizamos. Un cuadro, como es sabido, bien distintos al que hace un siglo podían hacerse los arquitectos modernos para los que aún Estados Unidos era una fuerza emergente con escalas, técnicas y sistemas de colonización del territorio inéditas en Europa, entonces el centro de la cultura moderna. 2. La ciudad azul. Genealogía Lo que era exótico en la modernidad (Le Corbusier visitando Brasil, Argel e India; Niemeyer, Costa, Burle Marx construyendo un nuevo Brasil, etcétera) hoy es central y protagonista del futuro. Una vez rotas parcialmente las relaciones materias primas-producción las relaciones jerárquicas Norte-Sur dan paso a conversaciones Este- Oeste que ponen de relieve el interés que las cuestiones climáticas o paisajísticas y el uso del tiempo libre han adquirido en la sociedad contemporánea. Esta idea de Bruno Stagno es clave, pero aún no se pone en práctica de forma sistemática.

 

La ciudad azul es el último capítulo aún escribiéndose de los viajes de la fantasía pintoresca El Grand Tour ilustrado y las excursiones a la región de los lagos y otras de interés paisajístico de Gran Bretaña, que vulgarizaron la experiencia del Grand Tour y la extendieron a la clase burguesa. Ambas son la clave para entender los orígenes de ese atractivo ejercido por el trópico, cuyo primer apóstol fue Alexander von Humboldt, hijo de la estética pintoresca. Recordaremos de forma sucinta las principales ideas de la estética pintoresca: fusión naturaleza-artificio, secuencias narrativas frente a objeto estático, invención del genio del lugar como instrumento proyectual, primacía de la percepción empírica frente a la racionalidad analítica (alzado y planta, apuntes del natural).

 

Al descubrimiento de la belleza de los paseos por la región de los lagos en Escocia por William Gilpin le sigue la teoría pintoresca de Uvedale Price y el auge del jardín inglés. Tras ellos surgirá el interés por el mediterráneo (Sicilia, Grecia); el interés hacia España y Oriente en general (Washington Irving); hacia América tropical y los volcanes (Humboldt); hacia los balnearios y las playas. Después, de la mano de Olmsted, llegará la creación de los parques públicos y después los parques nacionales y los sistemas de parques. Luego vendrán las zonas verdes de la carta de Atenas, la ciudad verde lecorbuseriana, los monumentos naturales, la “sección del valle” de Patrick Geddes, que dio lugar al concepto de ciudad-región. Más recientemente los movimientos ecologistas, Greenpeace, las reservas de la biosfera, la declaración de Río, la Agenda 21, el desarrollo sostenible, los acuerdos de Kioto… Todos estos episodios, vinculados entre sí, están en el código genético de la ciudad azul. Todas estas etapas han descrito el paso de una apuesta estética elitista a una agenda política casi universal, y desde unas fincas próximas a Escocia o Londres a un cinturón tropical/subtropical que contiene el grueso de la población mundial y de las reservas de la biodiversidad.

 

Como alguien dijo, el siglo XX es la historia de una persona que a los veinte tiene una gran crisis y otra a los cuarenta y que, tras una época de gran riqueza en los cincuenta y sesenta basada en la industrialización, tiene un achaque a los setenta y tres —la crisis energética— que le obliga a dejar paso a una nueva cultura. El modelo del mundo de la arquitectura del XX estaba basado en el positivismo y la industrialización. Solo el reformismo social de algunos daba un papel testimonial a la naturaleza, la gran vencida por la cultura industrial. Aquí una cosa y allá la otra. Ése es el modelo que ha ido siendo puesto en crisis, incluso por los mismos protagonistas de la modernidad, a veces de forma esquiva, como Le Corbusier. Un modelo dicotómico, naturaleza e industrialización, equivalente a la división del trabajo dentro de nuestra profesión entre paisajistas (fondo) y arquitectos (figura). Pero este modelo está dando lugar a una cultura en la que tales divisiones maniqueas ya no tienen razón de existir.

 

Esta nueva cultura se ha estado incubando y tiene ahora armas políticas y científicas. Pero no será adulta hasta que no tenga una estética asociada e independiente, un “estilo”. Ese estilo debe marcar la identidad de la ciudad azul y es el trabajo propio de los arquitectos contemporáneos. Para definir el estilo de esta ciudad hay que saber cuál es el atractivo de estas tierras que Alexander von Humboldt descubrió, y hay que desarrollar técnicas propias y actualizadas con las que operar con garantías a largo plazo: encontrar las técnicas y la estética que den voz propia a la arquitectura y el paisaje de la ciudad azul. Parece indiscutible que es necesario integrar la cultura paisajística y medioambiental, seriamente, en la enseñanza; dejar de pensar la materia como algo pasivo y formal, y devolver a la noción de energía que Aristóteles inventó —la esencia de la materia como un proceso de paso de potencia a acto continuamente actualizándose, desbloqueando así la antítesis entre ser y puro devenir heredada de los pensadores griegos previos— un papel protagonista en las concepciones estéticas, arquitectónicas y paisajísticas. Para lograrlo debiéramos repensar la disciplina en el contexto contemporáneo, al menos a cuatro escalas.

El nuevo modelo tecnológico abre un campo inédito de experimentación estética y en él deben trabajar los arquitectos de la franja tropical/ subtropical sin complejos, sabiendo que están abriendo un territorio inexplorado en el que alta tecnología, elementos y materiales tradicionales y elementos naturales conviven creando nuevas entidades

 

La escala técnica A escala de técnicas es evidente la dependencia con la que nos encontramos los profesionales de un modelo tecnológico puesto a punto en la modernidad para las áreas desarrolladas del norte así como la profunda irracionalidad que ello conlleva, incluyendo las soluciones canónicas que los modernos improvisaron con más buena fe que criterio científico, para el contexto tropical. Hay que abolir tanto las importaciones tecnológicas como los clichés modernos. España, Brasil e Indonesia, entre otros, deben trabajar como países industrializados que son en una tecnología avanzada propia de este cinturón Este-Oeste. Los primeros ejemplos de actitudes seriamente comprometidas inauguran una nueva proyección de la arquitectura sobre las cuestiones medioambientales que no es ni el modelo tercermundista del pay-pay y el chiringuito, ni las exhibiciones ferolíticas e hipermecanicistas que llegan del norte. Encontramos en ellas sistemáticamente una fusión natural-artificial que sería por así decirlo el rasgo más característico a todas las escalas (no por casualidad el gran rasgo iniciático del pintoresquismo, con el que comenzábamos esta disgresión).

 

Aquel contraste entre naturaleza y artificio de la modernidad se disuelve, y fondo y figura componen un artefacto/ proceso/objeto único, integrado, complementario y mestizo. “Técnica híbrida, estética mestiza” es el título de un micromanifiesto que publicamos hace tiempo y que podrá aclarar algo en qué dirección podría desarrollarse esta estética: “Técnica híbrida, estética mestiza. La sensibilización hacia las políticas de la naturaleza ha influido en los paradigmas técnicos desplazando el interés desde los experimentos de alta tecnología —sin duda un residuo del espíritu moderno— hacia modelos híbridos, en los que el acento ha pasado a ponerse en la interacción entre materiales naturales —masivos e inertes energéticamente— y materiales artificiales altamente sofisticados —ligeros y activos energéticamente—, sensibles en su comportamiento a las variaciones del entorno, dando lugar a sistemas compuestos en los que los primeros tendrían un papel acumulador y reductor de los intercambios, y los segundos como generador, captador de recursos energéticos.

 

Este nuevo modelo tecnológico supone un desplazamiento desde los aspectos de organización material —producción en serie, simplificación de montaje, optimización de tiempos y coste etc.— hacia la organización racional de las energías consumidas tanto en la producción como en el mantenimiento de lo construido, un desplazamiento que permite concebir hoy los “sistemas” ya no desde la coherencia y unidad de los materiales sino desde su coherencia ambiental, abriendo así el campo a experimentaciones en las que la mezcla coherente de materiales heterogéneos pasa a ser un rasgo visual nuevo y característico. Una materialidad híbrida que implica una transformación profunda de los ideales estéticos en sintonía con el mestizaje de nuestros paisajes humanos”.

 

El nuevo modelo tecnológico abre un campo inédito de experimentación estética y en él deben trabajar los arquitectos de la franja tropical/subtropical sin complejos, sabiendo que están abriendo un territorio inexplorado en el que alta tecnología, elementos y materiales tradicionales, y materiales naturales conviven creando nuevas entidades. Todavía hoy son muy pocos los que tienen conciencia de esta nuevo protagonismo que está reservado a los arquitectos hasta hace bien poco receptores de los valores culturales importados de Europa y América. Y esa conciencia es un primer paso necesario para que tales técnicas y estéticas se abran paso.

La ciudad azul es el territorio en el que deben integrarse las formas de pensar el fenómeno urbano individualizadas por el paisajismo, la ecología y el urbanismo. (..) Se consolida un nuevo paisaje, en parte hecho de una naturaleza exuberante, la proyección de una mirada estética sobre paisajes antrópicos, las tradiciones locales y el consumismo vorazmente excitado universalmente por el capital

 

La escala urbana: La ciudad azul es el territorio en el que deben integrarse las formas de pensar el fenómeno urbano individualizadas por el paisajismo, la ecología y el urbanismo. La ciudad azul es heredera de la ciudad verde, de la sección del valle, pero es otra entidad diferente de todas aquellas referencias, una ciudad en la que el aire y el agua, el cielo y el mar han pasado a ser los recursos naturales más valiosos y más políticos (de polis, ciudad): verdaderos materiales de construcción —y, mal administrados, de destrucción—Es heredera de la sección del valle, pero nuestro valle es único y universal, la aldea global, y sometido a perturbaciones permanentes (el efecto mariposa) que obligan “El nuevo modelo tecnológico abre un campo inédito de experimentación estética y en él deben trabajar los arquitectos de la franja tropical/ subtropical sin complejos, sabiendo que están abriendo un territorio inexplorado en el que alta tecnología, elementos y materiales tradicionales y elementos naturales conviven creando nuevas entidades” a políticas de protección civil a escala planetaria.

 

El fondo del valle, el lugar reservado por Geddes a la metrópoli, es ahora el trópico y las regiones subtropicales, el cinturón del globo. Rossi mencionaba a Lévi-Strauss en Tristes Trópicos: “la ciudad es la cosa humana por excelencia” decía, y copiaba tipologías y morfologías que Lévi-Strauss había trasladado del mundo natural a las organizaciones sociales primitivas. Rossi las trasladaba de la organización social y del mundo natural a la fábrica artificial que él imaginaba eran las ciudades. La memoria, los tipos y las morfologías están en la naturaleza y en la sociedad y comienzan a ser hoy entendidas en el marco de la ciudad azul precisamente porque la disolución de límites entre naturaleza y ciudad condensa la agenda de la ciudad azul: tanto la naturaleza como la fábrica, se mezclan, son el disolvente que permite la aparición de una amalgama que se diferencia tanto de una como de otra. La cita completa de Lévi Strauss no deja lugar a dudas: “Por lo tanto y no sólo metafóricamente, tenemos el derecho de comparar, como tan a menudo se ha hecho, una ciudad con una sinfonía o un poema: son objetos de la misma naturaleza. Quizás más preciosa aún, la ciudad se sitúa en la confluencia de la naturaleza y del artificio. Congregación de animales que encierran su historia biológica en sus límites y que al mismo tiempo la modelan con todas sus intenciones de seres pensantes, la ciudad, por su génesis y por su forma, depende simultáneamente de la procreación biológica, de la evolución orgánica y de la creación estética.Es a la vez objeto de naturaleza y sujeto de cultura; es individuo y grupo, es vivida e imaginada: la cosa humana por excelencia”La ciudad azul, con sus benigno clima, favorece las densidades y el crecimiento en altura de los rascacielos con la misma facilidad que lo hace sobre las especies naturales de la jungla. Y da forma a una topología porosa, de vacíos y grandes concentraciones, de memoria y áreas puramente tecnológicas, atravesadas por grandes infraestructuras rizomáticas de conectividad. Tiene una conformación propia, natural y artificial, como Banham entendió que la tenía Los Ángeles (la playa, las autopistas, la parte histórica, las montañas), que no es metafórica ni utópica como la ciudad verde lecorbusierana, sino literal. La ciudad azul así organizada da protagonismo al cuerpo humano, al confort proporcionado por el clima –soleamiento, humedad, meteorología— y por la mezcla o el mestizaje humanos.

 

Crea así una nueva modalidad de espacio público: las playas, los paseos marítimos, los parques terrestres y fluviales, como en Río de Janeiro, como en Sidney, lugares sin “representación” política, de intensa mezcla e intercambio, de los cuerpos entre sí, de cada cuerpo con el sol, el cielo, el aire, el mar, la humedad. No es ninguna banalidad entendido como propuesta contemporánea de un verdadero espacio público. La ciudad azul consolida un nuevo paisaje, en parte hecho de una naturaleza exuberante, en parte de la proyección de una mirada estética sobre paisajes antrópicos, en parte de las tradiciones locales, en parte del consumismo vorazmente excitado universalmente por el capital. Áreas intocadas, áreas de protección en las que convive el hombre, la actividad productiva y la naturaleza, y áreas intensamente entrópicas conforman una estructura temporal y del espacio público que la ciudad azul comparte con las llamadas “reservas de la biosfera”, territorios con diversos grados de protección dinámica (frente a los parques nacionales intocables prácticamente por el hombre); que son una amalgama de naturaleza y actividad humana componiendo un ecosistema completo y sostenible, con futuro, tanto en términos de progreso y economía como de biodiversidad.

 

En términos estéticos, este modelo de estructura del territorio casi diríase que se trata de un aggiornamento de la estética pintoresca. Los tipos arquitectónicos Por último, la escala de los tipos arquitectónicos. Los tipos monofuncionales modernos y su organización urbana segregada se abren en la ciudad azul hacia nuevas tipologías híbridas que reproducen la complejidad del conglomerado urbano a escala de edificio; mezclas de espacios naturales, públicos y privados dan forma a nuevos artefactos cuya escala no es tan significativa como su automorfismo, su capacidad de replicarse a todas las escalas a lo largo de la franja tropical/subtropical. En ellos la verticalidad, la constitución como organismos de estructura espacial vertical es, como ya hemos mencionado, casi una mímesis de la exuberancia de la vegetación natural y su empuje vertical en la jungla y los bosques húmedos. Dan forma así a una ciudad que, precisamente por la interacción entre medio físico y actividad humana, naturaleza y cultura, exige replantear los tipos de la modernidad, en especial rascacielos, pero no solo, también edificios culturales y museísticos, creando nuevas modalidades en las que se articula de forma coherente la relación entre conocimiento y estructura espacial. De ahí que haya adoptado la voz “observatorio” para designar estructuras verticales que son también, al menos en parte estructuras culturales. En otro texto resumíamos así el programa de los observatorios: un observatorio no es una atalaya que permite una experiencia o percepción inmediata. Es un lugar en el que por mediación de la tecnología, de distintas técnicas, se consigue establecer un diálogo con la naturaleza que traduce la experiencia primera e inocente de la percepción en conocimiento.

Hace un siglo el centro del mundo estaba entre París y Berlín, y todo lo demás era exotismo y casos particulares. Hoy se desplaza y se seguirá desplazando hacia el cinturón tropical/subtropical (el modelo será policéntrico), y hay que pensar invirtiendo los papeles: la ciudad azul, el neopintoresco, las tecnologías híbridas y estéticas mestizas iluminarán el futuro próximo

 

Por ello nos interesa especialmente este concepto de observatorio, porque se trata de una tipología en la que técnica, naturaleza y arquitectura interactúan para intensificar el diálogo entre hombre y mundo, adoptando cada uno el papel que le corresponde en la cultura contemporánea. El observatorio es así un mecanismo topológico, una forma de tecnificación y un modo de relacionar naturaleza y cultura que abraza en un único gesto las tipologías tradicionales del rascacielos, del museo y del parlamento, redefiniendo también las formas en las que la arquitectura ha interactuado con el parque en la tradición pintoresca y moderna. El observatorio es una forma de relacionar la tradición pragmatista —de raíz técnica— con la tradición pintoresca —de raíz plástica—, ambas subyacentes pero diferenciadas de la corriente principal del modernismo positivista.

 

Los tipos mixtos, los edificios híbridos, los rascacielos bioclimáticos de Ken Yeang, los observatorios son denominaciones contingentes y pioneros de fenómenos de transformación, de disipación energética, ahora produciéndose en la ciudad azul, estimulados por ella. De hecho son los cuatro elementos, el aire, el agua, el sol y la tierra, considerados como objeto de contemplación, como infraestructuras o como energías, los que ahora se constituyen en los objetos principales de proyectación: exfolian continuamente proyectos, tanto de naturaleza pública como privada. Repensar los tipos desde esta atención a los elementos naturales es la clave para desarrollar una nueva organización tipológica en la ciudad azul.

 

Conclusión

 

 

En resumen, sabemos que hace un siglo el centro del mundo estaba entre París y Berlín y todo lo demás era exotismo y casos particulares. Hoy se desplaza y se seguirá desplazando hacia el cinturón tropical/subtropical (el modelo será policéntrico), y hay que pensar invirtiendo los papeles: la ciudad azul, el neopintoresco, las tecnologías híbridas y estéticas mestizas iluminarán el futuro próximo; lo que aún hoy parece a algunos testimonial crece y crecerá. Solo esperamos que igual que los modernos fueron capaces de construir una estética a partir de la humildad de las construcciones mediterráneas, hoy seamos capaces de construir una estética que sepa integrar inteligentemente la herencia de la refinada tecnología del norte con tanta belleza e ilusión como entonces se desplegó.

 

OBRAS Y PROYECTOS

 

(Transcripción directa de la charla) Voy a contar unos pocos proyectos, pero los voy a contar no como ejemplos de “la ciudad azul”, no como ejemplos de lo que “habría que hacer”, sino como la forma en la que hemos ido llegando a estas conclusiones, sin más, lo que nos ha permitido llegar a ciertas comprensiones de lo que es el trabajo de un arquitecto en la sociedad contemporánea. Esto está en Madrid, en la periferia de Madrid al sur. Un edificio que existía en esa manzana y una conformación del terreno que es el producto de los volquetes de los camiones. Ahí, en esa manzana, se construye la biblioteca que nosotros proyectamos y un centro de salud que ya se ha acabado, equivocadamente por cierto, y que está a la derecha.

 

Nosotros decidimos acometer el proyecto, y ganamos por eso el concurso, con una idea central: dar visibilidad a la actuación en base a un desarrollo vertical del programa de la biblioteca y crear un efecto de máxima expansión de lo público unificando todos los espacios públicos que tiene el barrio, desde ese boulevard incipiente que se ve allá arriba, hasta los parques laterales y los edificios que ya existían. La biblioteca se coloca como un guardia de tráfico, en el centro, e intenta realizar un control sobre toda la situación para integrar los distintos elementos y crear con ellos una estructura lineal pública a modo de salón. Pero hacer una biblioteca vertical no es tan sencillo, la hace Borges en los libros pero tipológicamente no existen referencias, lo más importante para nosotros era apilar distintas salas bien proporcionadas, como cafés portugueses, en los que siempre hay tertulias, lecturas, creación… un espacio de aislamiento precisamente por estar rodeado de gente.

 

Como las bibliotecas ahora no tienen prácticamente libros sino ejemplares de consulta, decidimos que no podíamos definir un espacio neutro, blanco, sino buscar una cierta densidad del aire a través de una técnica muy barata como es el papel pintado. En esta maqueta del proyecto trabajamos esta idea, no sé si eran líneas telefónicas o listas de la lotería. Esta estructura vertical es muy sencilla: como veis, es una torre que tiene ascensores panorámicos pero los tiene paradójicamente volcados hacia el interior, los ascensores atraviesan la sección y el paisaje creado por la propia actividad de la gente. Esta forma de hacer un interior y una estructura topológica vertical que funcione como una ascensión permite adaptar el ritmo de la calle al ritmo de la mesa de trabajo y va predisponiendo al estudio a través de esa visión del paisaje y esa reducción de la velocidad. La propia decoración del edificio, finalmente desarrollada con el gran artista norteamericano Peter Halley, sale al exterior en los huecos principales creando una expectación, una cierta duda de qué será aquello. A través del color dorado de la fachada y estos huecos el edificio intenta responder a estímulos que no son sólo físicos sino a lo que hay en Madrid de interesante con respecto al paisaje, los atardeceres del sur de Madrid, toda la iconografía inventada hace años por la Escuela de Vallecas; responder con una estructura que es sensible a la temperatura de color, los atardeceres, y que en alguna medida respira con este entorno. Un contexto distinto, un museo en Nueva York. La sede para el New Museum, una institución relativamente madura, con gran prestigio.

 

No tienen un edificio en propiedad y consiguen esta parcela en un punto estratégico de Manhattan, entre Soho y el Lower East Side, hasta hace poco una zona abandonada, hoy ya ganada para la ciudad como un sitio de asentamiento de los jóvenes artistas más creativos. En este sitio, en este cruce de tendencias, lo que ha sido un pasado reciente y lo que será un futuro próximo, hay que hacer un museo que no sólo trata de levantar la nueva sede sino que explícitamente se persigue que la aparición física de una nueva sede conlleve también una modificación o una integración de nuevas formas de arte. La sección de nuestra propuesta es decisiva, primero para crear una silueta hecha a base de lo que es el nuevo programa, el observatorio; en segundo lugar, era importante que esa silueta respondiera a ese equilibrio entre las dos ciudades, el Soho y Lower East Side, de tal forma que vista desde los dos lugares hubiese la misma identidad, fuese capaz de producir una misma imagen. Por otra parte, las alturas permitidas eran relativamente bajas pero haciendo invernaderos que no contabilizan superficie construida se podían alcanzar mejores cotas. Un jardín y un observatorio que sólo tuviese estables unos pocos árboles y que semestralmente o anualmente se plantase en él un nuevo jardín por artistas trabajando con materiales naturales, de tal manera que constantemente fuese oportuno visitarlo y desde él tener un nuevo recuerdo de la ciudad, una nueva redescripción de la ciudad.

 

No me voy a detener en las plantas bajas, tienen una cierta complejidad con una explosión interna para alojar los típicos programas muy cerca de la calle. Planteamos un cerramiento de vidrio y policarbonato, un material híbrido, que gracias al policarbonato da una luz difusa, una refracción de la luz bien interesante para el arte convencional mientras el vidrio es útil para la absorción acústica, con lo cual se lograban efectos como éste en los que la vista inmediatamente va a esa nueva parte del programa, el invernadero ajardinado que se integra en el programa del New Museum y a la vez hace explícito el lugar como un observatorio de la ciudad. Para acabar hablaré del Woermann. Cuando este proyecto se convocó esto era, como sabéis todos, un lugar ocupado por unos almacenes. Entonces se convocó un concurso internacional para construir algo que contuviese espacio público, promoción privada y también para que la propia administración adquiriese patrimonio en forma de edificio de oficinas y algunos equipamientos.

 

Fijaros que es el punto más estrecho del istmo, realmente era una tentación muy fuerte articular los espacios para que tanto en la dirección hacia La Isleta como en la transversal entre Las Canteras y el Puerto se estableciesen nuevos acuerdos, nuevas relaciones y nuevas actividades. En los prediseños de los convocantes había siempre dos torres. Nosotros pensamos que no tenía sentido esta simetría, que no es simétrica la relación que se establece ni con el paisaje ni con las condiciones en las que está la ciudad, la forma en la que se accede. Y estaba también el Meliá, que es una pieza importante por su peso, por sus dimensiones y proximidad.

 

Nuestra propuesta se divide en dos edificios distintos espaciados para crear una plaza pública.Aunque parezca mentira el edificio bajo tiene la misma superficie que la torre; es gordo y bajito, el otro es esbelto, muy esbelto y alto; la idea era hacer uno más convencional, siguiendo el patrón de la ciudad que teníais aquí, para dan una continuidad si no estilística sí formal, y por otra parte hacer emerger una pieza que fuese un hito, que se pusiese en relación con la gente, y que explicase la posición que tiene en la ciudad a través de dos gestos, que algunos han entendido mejor y otros peor. Uno es esta especie de saludo japonés o inclinación de la cabeza, un gesto elemental desde el punto de vista técnico, que hace que se oriente toda la torre y que establezca un diálogo con la ciudad, un diálogo de gigante. Y por otra parte, introduciéndole una planta noble de uso público, la torre atendía a la plaza que creábamos, dando sombra y una referencia en torno a la cual pivota todo el espacio.

 

El problema de hacer una torre privada, de viviendas, es que por mucha presencia que tenga es siempre desagradable que sea inaccesible. Contra eso, incluimos la planta noble, altísima, de diez metros de altura, como un equipamiento público, de tal forma que todos los ciudadanos tuvieran la experiencia de vivir ahí por lo menos horas y hacerla suya. Ésta es la maqueta del concurso, la maqueta de Tarzán como la llamábamos, el punto de arranque: responde a la idea de preguntarnos por cómo vivir en altura, cómo hacer una torre maravillosa en el clima benigno de Canarias. Para ello ideamos hacer un híbrido de protecciones solares de elementos naturales y artificiales, protecciones horizontales para el sol alto y protecciones verticales como jardines. Podríamos vivir como Tarzán, colgados de las lianas; ésta es la génesis del proyecto. Luego viene la arquitectura, los reglamentos, la racionalidad, que van transformando las ideas literales en metáforas evocativas y en problemas técnicos. El pavimento de la plaza es un mosaico de pedrería portuguesa; está diseñado por Albert Oehlen, un artista alemán contemporáneo, afincado por temporadas en La Palma, que propuso un mosaico de una mujer, en sintonía un poco con este contorno sinuoso y también sensual que tiene la torre, basado en gran medida en modelos extraídos de la arquitectura brasileira. Esta idea de la sensualidad de la curva se ve bien en las imágenes de detalle, en las que se aprecian todas las potencias de articulación de volúmenes que nos da una determinada geometría en relación a una determinada exposición solar. La cantidad de horas de sol que tenemos aquí nos permite jugar con este halo de sombras, fijaros que los brise-soleil están separados para que el aire caliente pueda ascender y el sistema de protecciones funcione térmicamente.

 

El color del edificio responde a la coloración de los volcanes de La Isleta, se decidió cuando era primavera, más verde que el resto del año, pero realmente funciona como un elemento de diálogo con el paisaje. Y con esta imagen concluyo, diciendo que estos proyectos han sido elaborados junto a Juan Herreros, Renata Sentkiewicz y David Sobrino, y que con todos ellos hemos ido materializando la idea de una construcción vertical capaz de establecer nuevas formas de conocimiento y de comunicación entre humanos y no humanos, lo que hemos llamado “observatorios”. Espero que os haya podido interesar y que podáis poner en relación estas ideas con las desarrolladas en la primera parte de mi exposición, la ciudad azul, con la que mantienen relaciones que, al menos para nosotros, son obvias. Muchas gracias por vuestra atención.